EL BOSQUE DE LOS MENTIROSOS (UN PEDAZO DE NOVELA QUE NADIE LEE) 1.15
Si bien los cuentos de Navidad
aparecen en Navidad, los cuentos de amor no poseen un lugar, ni tiempo y a
veces no son cuentos, sólo pasiones con dos finales: la posibilidad de
eliminarse o no. Fernando había visto
cómo todos sus cuentos de amor terminaban en un imposible, en un arrebato de
frustraciones o sabotajes. Desde que estudió arquitectura, Fernando descubrió que la fuerza de gravedad era la principal
enemiga de las curvas, de los senos y cosenos que tantos dolores de cabeza le dio
cuando trató de explicar ciertas obras de Gaudí en un seminario; y también la
gravedad era su excusa para terminar una relación: “las cosas están grave”, así
iniciaba sus argumentos para acabar un cuento de amor. En algún momento comenzó
a pensar los cuentos de amor como símiles de puentes entre almas humanas, y
quizás por eso, se interesó en cómo hacía los puentes Santiago Calatrava,
aquellos puentes plasmando epifanías abiertas, nunca en 90 grados, para así
enmascarar la tensión de los ángulos perfectos. Soñaba con crear el arco
imposible, un puente sin líneas, sin ángulo, sin geometría concreta, así como
diseñar enlaces sobre un lago de amor cuyas orillas nunca se ven. A veces
trataba de diseñar edificios sin sombras, con un árbol en medio como los que
diseñó Hundertwasse en Viena o bocetar un erotismo como un paisaje natural
introducido en un mundo artificial, como lo había logrado Jon Jerde en sus
proyectos clasificados. Sus sueños de ser un reconocido arquitecto se habían
desvanecidos así como de ser un buen amante se había anulado. Nunca logró hacer
una casa y se dedicó durante muchos años a la arquitectura de decoración de
espacios, a trabajar dentro de oficinas perfectas, no para satisfacer sus
sueños, sino los sueños de los recién casados que querían un diseño de cocina
especial para su nuevo hogar. En algún momento sintió que tenía que irse lejos
de todo lo conocido, lejos de todos los ambientes, una tarde de marzo de 2005 revisando
un libro halló una serie de estructuras donde las curvas se burlaban de la
gravedad. Cuando detalló el estilo, se percató que veía los diferentes templos
que hay en Kioto. Recorrió desde Kinkaku-ji
hasta Ninna-ji; desde los espacios
más turísticos hasta los más escondidos alrededor de Kioto. Sintió una
posibilidad que no es sino otra forma de decir esperanza. Comenzó a estudiar los
techos de los templos, las curvas de los jardines, los puente arqueados, la
historia del color rojo en la madera y sus usos en la arquitectura japonesa;
poco a poco se enamoró de aquel país que lo inundaba con imágenes de templos, geishas,
samuráis y mangas; y mientras meditaba aquellas imágenes, buscaba poner un
punto final a una historia de amor con Inés.
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