EL BOSQUE DE LOS MENTIROSOS (UN PEDAZO DE NOVELA QUE NADIE LEE) 1.21


Marcelo tampoco entendía la ida de Fernando a Japón. Ellos siempre hablaban de Aalto, Calatrava, Le Corbusier, Van Der Rohe, Gaudí; inclusive en una ocasión Marcelo logró ir a Barcelona, tomó fotos donde la sombra de la Sagrada Familia lo cubría y donde él mostraba una sonrisa orgásmica. Hizo algunos dibujos de la Casa Batlló y la Casa Milá. Le mostró los bocetos a Fernando apuntando a las curvas que desarrolló Gaudí en diversos recovecos de sus estructuras, adoraba las sinuosidades del catalán y las sugerencias de las mismas, parecía que dejaba a Calatrava como un malabarista que no lograba superar al creador de los arcos perfectos. Una vez conocida la decisión de Fernando y tomando unas cervezas, le preguntó Marcelo: -¿por qué no te vas a Barcelona, por qué no buscastes una beca para cursar estudios superiores en Cataluña?... por qué y más por qué. Fernando no se inmutó, no daba explicaciones, no decía nada, sólo sonreía y de repente comentó que se imaginara en medio de una gran ciudad, un Pabellón Dorado, humillando a los edificios de concreto y a las casas de plástico, por eso se iba a Kioto, porque es un lugar donde la vieja arquitectura humilla a la nueva y los jóvenes no lo saben. Marcelo no entendió con claridad la referencia al Pabellón Dorado, nunca había oído hablar de él. Fernando empezó a hablar de Yukio Mishima; y era que de un tiempo hacia acá, se dedicaba a leer obras de autores japoneses. Había comprado algunos libros de novelistas nipones como: Murakami, Yoshimoto, Mizumura, Ogawa, Oe, Abe y otros nombres que a Marcelo le sonaban como trabalenguas en silabarios de niños, inclusive innecesarios y artificiales. Esa tarde de cervezas Marcelo discutía que a través de la literatura no se podía apreciar la arquitectura que se desperdiga por la ciudad, ya que la arquitectura es un arte que el cuerpo invade y no la fantasía. Fernando no estaba tan seguro, le habló de una novela titulada: La mujer de arena. ¿Y hay algún edificio?, preguntó Marcelo. Fernando sólo rio y mencionó una casa que se hundía en las arenas pero que nunca llegaba a desaparecer, según Fernando, la casa había sido diseñada para superar a la Naturaleza y a las fuerzas del destino pero no lo logró. Marcelo regresó esa noche a su apartamento un poco ebrio y descubrió que sólo en Barcelona podría ser un buen lugar para morir.  

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