EL BOSQUE DE LOS MENTIROSOS (UN PEDAZO DE NOVELA QUE NADIE LEE) 1.27


Toda filosofía especulativa quedó ahogada en el barrio de Lavapiés donde había vivido Leonardo mientras estudiaba en la Complutense. Vivía en un cuarto lleno de libros y vicios, en una habitación que poseía una ventana que permitía allanar los ruidos de la calle Toledo y cuando no miraba por la ventana, compartía sus opiniones, cervezas y su jamón serrano de Albacete con Antonio, Ramiro y Rodrigo, sus colegas de vivienda. Ahora reside en una vivienda en la zona sur de Hirakata, entre Kioto y Osaka, en un apartamento donde sus pies se deslizan todos los días sobre tatami. El apartamento se ubica entre laberintos de calles que se comprimen en los planos catastrado de la ciudad, que a su vez se esconde dentro de un inimaginable realidad llamada Japón. Leonardo pensó alguna vez que los laberintos son líneas que representan pensamientos mágicos religiosos, sin principios, sin fin, pero en cuyo centro hay una figura, un dios, un minotauro, un ser de bendiciones que decide los pasos de los que emprenden el camino. Leonardo se adentraba al laberinto japonés, pensaba: qué habría en su centro, ¿un dios presentado en antiguos libros llenos de innumerables ideogramas, una computadora infinita? Leonardo emprendía solo el camino, sin Ariadna, sin hilos, sin brújulas, apenas con unos diccionarios; imaginó algún día llegar al centro para poder resolver los problemas que le aquejaban, que lo hacía desconocerse. Pensaba en su pequeña vivienda que había arrendado a través de una agencia por Internet, que jamás se imaginó vivir en treinta metros cuadrados, era tan pequeño que apenas cabían sus vicios, a veces, tenía que mover el lavabo para usar el inodoro, estas particularidades no lo percibió en las fotos que la agencia le envió del apartamento. Al principio no creyó que podía vivir así. No tenía espacio para sus libros, el humo de los cigarros no circulaban bien por el área, no entendía nada de lo que veía escrito en las calles, ni de las innumerables propagandas que encontraba todos los días en su buzón, sentía que el centro de su laberinto lo movía sin moverse,  predestinándolo a una pérdida. Ya se había reunido el profesor Aoki Yoshitaka, ya conocía la entrada de la Universidad de Kioto, ya se había sorprendido caminando por horas por los túneles lleno de comecios de Osaka, así que volvía a leer las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein sentado en el tatami para no aburrirse, para olvidar sus laberintos, pero los volvía a encontrar en algunas páginas; Wittgenstein decía que el lenguaje puede ser considerado como “una vieja ciudad: un laberinto de pequeñas calles y plazas, de casa nuevas y viejas, y de mansiones reconstruídas en diferentes épocas; y todo esto bordeado por una multitud de nuevos barrios de calles rectas y casas uniformes”. Pensaba Leonardo que con esta metáfora Wittgenstein señalaba que el lenguaje en un laberinto de sendas, haciendo un infinito de medios finitos. Un laberinto posee una sola estructura pero si es suficientemente complejo sus posibilidades pueden ser inacabables. Era el infinito que se presentaba por las calles de Japón lo que angustiaba a Leonardo, era saber que uno está inmerso en un laberinto, y desde él, siguiendo invariablemente sus estructuras, operamos en nuestra conducta lingüística, esto le generaba una ansiedad por hallar una irregularidad en el lenguaje que le permitiera descubrir la finitud.

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