EL BOSQUE DE LOS MENTIROSOS (UN PEDAZO DE NOVELA QUE NADIE LEE) 1.30
Ya no estaba en la
oficina, el puesto de su amigo había sido ocupado por un joven arquitecto, tan
joven que aún reía como un niño en su presentación por la oficina. Cuando Marcelo conversaba con él, le hablaba
de las historias de Fernando: sus
búsquedas por las curvas perfectas, de los senos inimaginados, de los cósenos
inimaginables que podían sustentar toda una estructura, un edificio, un sueño;
así como mujeres hermosas o una buena copa de vino. El joven arquitecto le
comenzó a cuestionar, sin que Marcelo
le respondiera, acerca de lo importante de las carreras de Fórmula Uno, de los
partidos de béisbol que ocurrían a tres mil kilómetros de la oficina, para
finalizar hablando de las tetas de la recepcionista de la oficina, recalcando
el tamaño de sus pechos que él calculaba como 36B. El sustituto de Fernando le comentaba a Marcelo que se imaginara las tetas de
la recepcionista en su boca succionando lentamente sus pezones. Marcelo pensó en ese momento irse de la
oficina, irse a Barcelona, irse de una generación que no sabía diferenciar
entre la belleza y lo casual de las inclinaciones y, especialmente, de
enjuiciar con un léxico de vulgaridades el discurrir diario. El joven
arquitecto comenzó a comprender que Marcelo
lo trataría con desdén, con envidias. Desde entonces el joven se la pasa frente
a su computadora observando los resultados de béisbol y futbol, videos donde
aparezcan lágrimas o sonrisas, chateando con cierto descaro y creando espacios modulares
según el cliente de turno; mientras Marcelo
trata de dibujar casas con trazos de Gaudí, Domènech, o Puig i Cadafalch, trata
de no sabotear sus sueños, trata de tener horas libres entre bocetos de cocinas
o de jardines de infancia para clientes políticamente correctos.
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