EL BOSQUE DE LOS MENTIROSOS (UN PEDAZO DE NOVELA QUE NADIE LEE) 1.22
Fernando y María José salieron por primera vez una tarde de enero de 2007. Todo
pareció muy normal, e inclusive hubo ciertas picardías y complicidades. Una vez
terminado el trabajo dental, Fernando
le preguntó si esa noche funcionarían sus dientes. Ella rio y le aseguró que
trabajarían a la perfección. Él usó ese momento de sonrisas para invitarla a
cenar y que se cerciorara de que su trabajo dental se desempeñarían
perfectamente. Ella dudó un minuto cuando él le planteó salir esa noche, su pezón
derecho se levantó haciéndola sentir un cosquilleo que la obligaba a decir un sí,
aunque podía calcular sus riesgos. Una vez afuera, una vez conquistado por los
vértigos que generan cientos de personas en la calle, Fernando se preguntó reiteradamente en su mente por qué había
invitado a su odontóloga, por qué ésta había aceptado, por qué y más por qué;
esto se decía pensando que en apenas dos meses se iría a Japón a estudiar a la
Universidad de Kioto. Apenas había logrado que Inés aceptara su ida, aunque la oía llorar todas las noches y
buscaba excusas para pelear, para olvidar, para desarraigarse. Ya había podido separarse
del trabajo, dejar sus sueños de superar a Gaudí en tardes de tascas con Marcelo, haciendo absurdas promesas como
que irían a Barcelona en algún momento para orar juntos. Había comenzado a
estudiar hiraganas, había involucrado
estrategias para separarse de las cosas sin dolor: de sus padres, de la tumba
de su hermano muerto, de las miradas de suspenso que le colocaban algunos
colegas cuando indagaban su viaje a Japón, de las sonrisas de envidias. Repetía
las palabras geisha o sushi que había
aprendido de joven en restaurantes y las mezclaba con nuevas como konnichiwa o yoroshiku. Inés había
decidido alejarse para tratar de no verlo en los últimos instantes. Fernando estaba solo, quizás por eso invitó
a su odontóloga, como un colegial que se permite hacer un flirteo en medio de un
examen de matemáticas. Fue extraño. Sabía por un lado que Rosa Alejandra lo estaba observando, estudiando, sentía su mirada,
su odio de mujer insatisfecha, de aquella que cuando llegó al consultorio le
dijo que tenía muchos pacientes y lo envió a su colega; aún no entendía lo que
había ocurrido aquella noche ebria con ella; por otro lado, sabía que María José se estaba enamorando de él.
Esa noche, en plena cena, Fernando
le contó a María José la historia de
Mizoguchi, el joven monje quien visita por primera vez el Pabellón Dorado y, que
en sus sueños, tanto había admirado porque su padre le había contado que era el
templo más bello que existía en este mundo. Frente a la presencia del Pabellón
Dorado, Mizoguchi se decepciona. A partir de este encuentro se desarrolla la
novela de Mishima. Así se lo explicó Fernando
a María José, quien comiendo una
ensalada campestre se maravilló de esa historia. Fernando le dijo que realmente el padre de Mizoguchi no le había
dicho una mentira, porque cuando el joven contempló una maqueta del templo, una
copia, fue cuando se desveló su auténtica belleza y que consistía en fijarse en
el reflejo del templo en el estanque, más que en el templo mismo, es decir,
descubrió que la verdad no es un problema de existencia de las cosas, sino de
los modos de visibilidad. Fernando
siguió comiendo su ensalada césar, mientras pensaba qué había aprendido a ver en
sus maquetas, en sus reflejos. Veía a María
José como algo no real, como algo perdido en su juventud que no recordaba,
de una visibilidad opaca.
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