EL BOSQUE DE LOS MENTIROSOS (UN PEDAZO DE NOVELA QUE NADIE LEE) 1.1
Mentir.
Siempre se miente a las personas para mermar sus angustias, se desincronizan los
momentos para disminuir el dolor y a veces para lentecer la verdad, en mi caso
particular para distraer a la muerte. Aguardo sentado y me cuento historias de
la única manera que sé hacerlo, con el único método permitido al hombre
civilizado: mentir. Me narro posibles relatos sobre desconocidos que pasan
frente a mí en el medio de un aeropuerto, como aquel viejo con un sobrero de
fieltro brillante, grande, absurdo, que parece que no sabe a dónde va, porque
ve hacia todos los lados, como buscando algún fantasma, o aquella pareja de
¿coreanos?, que corren con maletas llenas de necedades para no perder un vuelo,
van vestidos iguales, como gemelos encontrados en revistas para madres hartas.
Reviso mi bolso de cuero y aún tengo cigarros, pero no mechero, éste quedó
dentro de una caja de plástico en la aduana de El Cairo. Veo a lo lejos un
espacio dividido con vidrios, un lugar especial donde se reúnen los fumadores;
los envidio. No tengo fuerzas para llegar allá, no tengo humildad para pedir un
mechero prestado. Ellos inhalan lentamente sus deseos dentro de una cabina de
vidrio que controla la humedad y el calor. Allí algunos ensueñan entre volutas de
humo azulado sus nostalgias recurrentes. En este aeropuerto todos nos estamos
pensando, soñando y mintiendo sin iluminaciones divinas, como aquellas personas
que pasan frente a mí con sus ojos cerrados, ¿evitando una realidad?, o
aquellas que juegan Nitendo para
satisface por segundos sus autoestimas mientras otros buscan complots por parte
de los destinatarios que oculta sus computadores portátiles. Me percibo dentro de una
película en blanco y negro aguardando un tren en un andén triste, quizás
hediondo como aquellos que abundan en la India; aunque en realidad espero un
vuelo por la puerta 24 del aeropuerto de Fráncfort, en alguno de sus pisos me
esperan tiendas y restaurantes de comida rápida para hacerme sentir cómodo, sin
necesidades, quizás alegre, ¿tercer piso? Lo del tren fue una revelación
aprendida de ver películas románticas, pero la incomodidad de estar sin hacer
nada por horas, debido a los cambios de aviones, a las distancias impensadas de
las zonas horarias, a la ropa desajustada, empieza a fastidiarme y me estimula
a manipular viejos recuerdos para olvidar algunas añoranzas. Me rasco el lado
izquierdo de mi pecho, como cerciorándome que tengo corazón; cerca pasa una
niña que se detiene y se me queda observando, como si fuera un animal
sacudiéndose después de caer en un río, quizás ella logre ver lo que he
ocultado con los años entre las arrugas y el lenguaje, lo que hay debajo de mis
mentiras.
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